El sexo y la relación

Existe un grave problema de las parejas en la actualidad.

Para hablar más exactamente me refiero al hecho de la poca duración que tienen los noviazgos e incluso los matrimonios.

Si miramos al pasado, vemos a nuestros abuelos y a nuestros padres pasando décadas con sus parejas y haciéndole honor al tan famoso “hasta que la muerte nos separe”; sin embargo, es común, en la actualidad, terminar las relaciones amorosas al poco tiempo de comenzarlas y siempre con ese sentimiento de frustración que nos embarga, en el que sentimos que nadie llena nuestras expectativas.


Comparando ambas épocas, la de nuestros abuelos y la actual, me vi en la tarea de determinar qué pasa con las efímeras relaciones de hoy y creo haber dado con el punto clave: el sexo.


Hace unas cuantas décadas, los jóvenes poseían esa parte de inocencia y respeto que los hacía ver el sexo como algo para luego del matrimonio. Antes, la reputación era muy importante, y tener un amplio currículo en la cama no era algo para vanagloriarse, sino todo lo contrario. Las personas debían encontrar a ese único amor, unirse a él, y sólo a él debían entregarse en los placeres de la carne… disculpen el estilo dramático de mi escritura.


En la actualidad tenemos mucha libertad y, más que libertad, esto se ha convertido en un libertinaje. Conocemos a alguien y nos acostamos con ese alguien más rápido que el tiempo que tarda sacarse el pasaporte y luego nos preguntamos el porqué de la ruptura. Perdemos el interés y no es del todo ilógico, algo nos interesa siempre que tenga cosas nuevas que aportar.


Hace muchos años conocí a alguien que se robó mi vida, no se preocupen que no ahondaré mucho en esta historia, nuestra relación se basó siempre en conversar, no dejábamos de hablar, no era normal la cantidad de tiempo que pasábamos dialogando. Llegamos a conocernos al grado de saber qué estaba pensando el otro con una simple mirada. Nuestra relación, pasando los meses, fue madurando; pero, aunque estuviésemos solos por horas ininterrumpidas, nunca llegábamos al sexo. Y no era desinterés, porque sí se sentía el interés… y mucho, sino que se nos pasaban las horas juntos y existía algo, como un respeto, que nos pedía esperar mientras nos emocionaba con una clara idea de que sería mejor si lo dejábamos para después.


Aquí tal vez no me van a creer, pero mis personas de confianza saben que es verdad: luego de casi 7 años de relación, con algunas pequeñas interrupciones que no fueron por mí -lo juro-, y sólo apenas entonces llegamos a ese momento de estar desnudos en una cama… y, ¿saben qué? Vale la pena esperar… Vale la pena hacerlo con amor… y con alguien que, sin haberte visto desnudo, conoce cada rincón de tu cuerpo y lo toca como si no hubiese mañana, con morbo y con respeto. Respeto que no es sosedad sino respeto para tu alma.


No me arrepiento de haber esperado tantos años para llegar a esa etapa de nuestra relación, porque la recompensa fue la sensación más grande e intensa del mundo. Estas emociones a flor de piel no las puede comprar nadie ni tampoco compararlas con un simple e insulso orgasmo con alguien que te gusta o que, muchas veces, ni siquiera te gusta.


Llegar a la cama debe ser el último paso para determinar si la persona que tienes a tu lado es tu amor. No pierdas las oportunidad de tomar el tiempo y conocer el corazón y la mente de él o ella, enamórate del espíritu y luego entrégate a lo hermoso de tener sexo con alguien que realmente merezca que te estremezcas en sus brazos.

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